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Enfoque profesional de la radiestesia

Radiación

Radiación en la naturaleza: la influencia del cosmos y la Tierra en la vida biológica

Toda supervivencia en el planeta está indisolublemente ligada a una compleja red de fuerzas naturales. Desde tiempos primitivos, los seres vivos han sentido y reaccionado instintivamente a la luz, el calor y las radiaciones electromagnéticas provenientes del espacio, del interior del suelo, así como del entorno inmediato.

Instinto, evolución y fuerzas invisibles

El hombre ha sido profundamente consciente de las poderosas influencias naturales desde sus inicios. Sus sentidos registraron por primera vez la luz del Sol y la Luna, y rápidamente aprendieron que el ritmo día-noche afecta directamente la orientación y la supervivencia. Luego aprendió a distinguir el calor del cuerpo celeste diurno de la fría luz de la luna, sintiendo en su propia piel que la sobreexposición también puede causar lesiones. Aunque nuestros antepasados ​​no entendían la física de la radiación, aprendieron cómo lidiar con ella.

Además de estos fenómenos evidentes, los primeros homínidos y muchos animales evitaban instintivamente zonas con radiaciones específicas y nocivas. Con el desarrollo de la civilización, la gente perdió gradualmente este poder primitivo pero salvador de la percepción natural. El mundo animal, sin embargo, sigue demostrando esta conexión: las aves migratorias recorren invariablemente miles de kilómetros cada año, las abejas siempre encuentran el camino hacia la colmena y las anguilas realizan fascinantes migraciones desde las dulces aguas de Europa hasta los lejanos océanos occidentales para desovar. La comunidad científica supone con razón que estas increíbles capacidades de navegación se basan precisamente en la percepción de diversas formas de radiación electromagnética.

Radiación cósmica y actividad solar.

La ciencia actual ha determinado que cada radiación tiene una longitud de onda específica, es decir, un número específico de oscilaciones por segundo (Hz). El hombre está constantemente expuesto a estas oscilaciones que dictan el estado psicofísico general. La Tierra es bombardeada cada segundo por poderosos rayos cósmicos provenientes del espacio profundo. Si el planeta no tuviera un manto atmosférico, que en términos de protección se comporta de manera equivalente a una pared de plomo de 90 centímetros de espesor, la vida sería absolutamente imposible. La radiación que atraviesa esta barrera ioniza ligeramente el aire, y los estudios de astrofísicos confirman que no solo el Sol, sino también los planetas y galaxias distantes emiten poderosas microondas.

La influencia de las manchas solares en la Tierra.

Los estudios a largo plazo de árboles antiguos (como las secuoyas gigantes) han demostrado que el grosor de los anillos anuales coincide perfectamente con los períodos de las erupciones solares más intensas. Investigaciones estadísticas posteriores confirmaron que el ciclo de la actividad solar, que se renueva aproximadamente cada once años, se correlaciona inusualmente con numerosos fenómenos en la Tierra:

  • Con el estallido de grandes epidemias y pandemias mundiales.
  • Con el aumento de la actividad sísmica, es decir, terremotos más frecuentes.
  • Perturbaciones técnicas en las comunicaciones por radio, televisión y satélite.
  • Turbulencias sociales y oscilaciones en la psicología de masas.

Radiaciones geopatológicas y efectos en el organismo.

La Tierra es también una fuente inagotable de numerosas radiaciones. La radiación térmica (infrarroja) del suelo no es sólo el resultado del magma caliente, sino un complejo proceso de desintegración radiactiva de moléculas. Las radiaciones del cosmos y de la Tierra hacen que toda materia orgánica e inorgánica vibre en su propio circuito oscilatorio. La alta frecuencia de estas vibraciones actúa directamente sobre la estructura celular, provocando la polarización y estimulando el sistema endocrino que, a través de la secreción de hormonas, intenta preservar el equilibrio en el organismo.

La práctica médica y estudios serios han demostrado que la exposición prolongada a una mayor radiación dañina altera el trabajo de las glándulas y puede promover cambios patológicos, incluidas enfermedades cancerosas y reumáticas. Estos problemas son especialmente comunes en lugares donde las redes energéticas globales (conocidas como redes Hartmann, Curry y Reinhard-Schneider) se cruzan debajo de los edificios o donde existen flujos de agua subterránea, fallas geológicas y cavidades ocultas.

Campos electromagnéticos e ionización atmosférica.

Una investigación realizada en la Universidad de Viena durante el siglo pasado confirmó que ciertas ondas electromagnéticas de baja frecuencia (alrededor de 10 Hz) tienen un efecto extremadamente positivo sobre el estado de ánimo y la creatividad humanos. Esta frecuencia surge como resultado de miles de rayos que caen sobre el planeta cada segundo, convirtiendo el espacio entre la Tierra y la ionosfera en una cámara de resonancia. Sin embargo, durante los cambios atmosféricos repentinos y las caídas de presión, esta frecuencia beneficiosa cae, lo que hace que muchas personas se sientan letárgicas.

El estado de la atmósfera determina la ionización del aire. Mientras que la presencia de iones negativos tiene un efecto curativo y refrescante (lo que explica el efecto terapéutico de los spas de aire en altitudes superiores), un exceso de iones positivos crea nerviosismo y empeora el estado de salud.

La influencia de las fuentes artificiales de radiación (Tecnopatía)

El estilo de vida moderno también conlleva la exposición a campos electromagnéticos alternos generados por líneas eléctricas de alto voltaje y redes de bajo voltaje en los hogares. Los dispositivos eléctricos situados en las inmediaciones, especialmente en la zona de dormir (como pantallas o dispositivos que incluso están apagados, pero permanecen en el enchufe donde se cambió la fase), pueden interferir crónicamente con la polarización celular natural de una persona, provocando dolores de cabeza, fatiga crónica y disminución de la inmunidad.

Con base en todo este conocimiento, uno puede fácilmente sacar una conclusión: toda la biología del planeta está moldeada y depende de las frecuencias sutiles que nos rodean por todos lados: desde las profundidades del cosmos, pasando por los movimientos atmosféricos, hasta las capas tectónicas bajo nuestros pies.

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